Camila y Roberto, una pareja de jóvenes profesionales, finalmente lograron juntar $15.000 en ahorros. Con un crédito preaprobado en la mano, sintieron que el mundo era suyo. Como muchos compradores primerizos, su primera reacción fue buscar estatus: querían vivir en Samborondón.
Se enfocaron en La Puntilla, atraídos por el prestigio de la zona. Encontraron una casa usada que entraba "con las justas" en su presupuesto. Roberto estaba fascinado, pero ignoraba por completo la "Matemática Forense" de los bienes raíces. Al sentarse a proyectar sus gastos, el castillo de naipes se derrumbó.
Descubrieron que el precio por metro cuadrado en La Puntilla rondaba los $1,874 USD, pero ese era solo el inicio. Al ser una urbanización antigua, la alícuota era altísima debido a los constantes mantenimientos correctivos de infraestructura. Además, al planificar el futuro de sus hijos, vieron que las pensiones de los colegios de la zona élite no bajaban de $460 a $800 mensuales. La cuota del banco, sumada a las alícuotas, la educación y el combustible por el intenso tráfico diario, asfixiaba por completo su flujo de caja. Iban a ser dueños de una casa de lujo, pero no tendrían dinero para salir a cenar el fin de semana.
Desanimado, Roberto cerró su laptop. Al día siguiente, un compañero de oficina le dio un consejo que sonaba a magia: "Váyanse a Vía a Salitre. Las casas son enormes, el metro cuadrado es un 20% más barato y te dan mucho más patio".
Esa misma tarde, encendieron el auto y se dirigieron al norte. No sabían que estaban conduciendo directamente hacia uno de los cuellos de botella viales más temidos del Gran Guayaquil.